El Poder y la Escalera

Por Elvin Sánchez Guardo intacto en la memoria aquel 16 de agosto del año 2002. El síndico saliente del municipio de San Cristóbal abordaba su vehículo para retirarse, por última vez, del palacio municipal. El escenario del adiós era grotesco: un muro de sillas y lonas de carpas obstruían su marcha. Con la dignidad intacta, el hombre descendió del automóvil y, con sus propias manos, apartó el mobiliario que pretendía sitiar su olvido. Al poder se llega casi siempre por senderos imprevistos. Se asume con el ropaje del pasado, arrastrando viejas carencias y rodeado de una multitud que jura lealtad en el camino. Es el ascenso por una escalera esquiva: hay quienes suben con paso pausado y firme; otros lo hacen de forma vertiginosa, embriagados por la prisa. Aquel síndico del período 1998-2002 fue el auténtico artífice de la transformación vial de San Cristóbal; la configuración de nuestras vías pares es hija legítima de su visión urbanística. Durante su mandato, se rodeó de colaboradores que exhibían rostros de una fidelidad absoluta, casi enfermiza. Sin embargo, el día en que le tocó descender los peldaños, no quedaba un solo escudero para abrirle paso entre la maleza de la ingratitud. Su descenso fue consciente y digno. No sufrió una caída estrepitosa; no rodó por los suelos ni se precipitó al vacío. Pero ni, aun así, resguardado en su entereza, sintió la compañía de aquellos que tanto medraron y guisaron bajo la sombra de su árbol gubernamental. El poder es un soplo efímero. Atrae la lisonja barata y abre de par en par las puertas a compinches, romerías y alcahuetes. El poder engendra arrogancia, altivez y soberbia; endiosa al mortal y emborracha la razón. Con cruel ironía, casi siempre desplaza a los verdaderos leales al final de la fila, mientras enamora a nuevos y falsos amigos. Es un vientre fértil para parir seres abyectos y genuflexos. Al final del laberinto del poder, siempre aguarda la misma escalera, lista para el descenso honorable o para la caída inevitable. Y tras el último peldaño, cuando las luces se apagan y los aplausos callan, solo queda una terrible y silenciosa resaca.

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