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Horacio o que entre el mar

martes, 26 de mayo de 2015

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SANTO DOMINGO (R. Dominicana).- Nadie descubre nada si afirma que el discurso pronunciado en la noche del lunes por el expresidente Leonel Fernández para fijar posición sobre la propuesta de reforma constitucional, lleva la situación interna del Partido de la Liberación Dominicana a un punto de no retorno.
Lo que durante las últimas semanas pudo verse como una contradicción difícil pero soluble, es ahora un enfrentamiento frontal entre dos fuerzas de distinta potencia, es cierto, pero incapaces de neutralizar una a la otra. Insoslayable que el presidente Danilo Medina cuenta con  la mayoría de las estructuras del partido renovadas durante el Congreso Norge Botello del año pasado, pero Leonel Fernández tiene en sus manos una cantidad suficiente de seguidores, construida intencionadamente desde el poder que abandonaba en 2012, con la que agriará el vino de la pretensión reeleccionista.
Los frutos de sus 12 años de gobierno son su marca de identidad. El secuestro de las altas cortes es un pernicioso botón de la muestra.
A diferencia de lo reiterado de manera casi obsesiva por Fernández en su discurso, no se trata de “principios”. Reeditando el tono bíblico impreso al final de su alocución, vale citar del evangelista Mateo su frase “Así que por sus frutos los conoceréis”, porque no todo el que invoca al Señor entra en el Reino de los Cielos, sino el que obra según su voluntad. A Fernández no le bastarán nunca sus vehementes reivindicaciones de demócrata constitucionalista. Los frutos de sus 12 años de gobierno son su marca de identidad. El secuestro de las altas cortes es un pernicioso botón de la muestra.
Pero, además, Fernández sacó el conflicto por la reelección del ámbito partidista. Ni una sola de las líneas de su discurso hace mención de la decisión del Comité Político peledeísta que aprobó por mayoría significativa emprender la aventura de la reforma constitucional para allanar el camino a la repostulación de Medina. No la disciplina distintiva, invocada hasta el hartazgo por el peledeísmo desde su fundación, sino su visión de las cosas y su trayectoria pública, elaborada con los materiales de la fantasía.
Y este abandono del papel que le corresponde, ya no como dirigente y líder de larga data de las huestes moradas, sino como actual presidente de la organización, es sintomático de que la lucha interna no está motivada por el choque entre pensamientos políticos que buscan, uno, preservar la supuesta o real tradición institucionalista y, otro, echarla por la borda renunciando a la condición de “legatarios” de las lecciones políticas dejadas por la Revolución de Abril de 1965.
Tampoco ha de extrañar este abandono del terreno del partido a favor de un espacio que, enajenado el vínculo con las estructuras políticas de origen, permite desplegar una capacidad congresual obstructiva difícilmente doblegable.  La extrema personalización del discurso, rayana con la egolatría, es conducta y no azar. Dentro de las filas partidistas, las posibilidades de perder son muchas; fuera, no ganará pero tampoco permitirá que lo haga el contrario. Ese, y no otro, parece ser el cálculo de Fernández, ingenuamente creído en que los manidos “principios” serán digeridos  por la opinión pública como razón real, fehaciente, de su insubordinación al proyecto de reforma.
No le pasa por la cabeza la idea de renunciar a sus múltiples predestinaciones: desde hacedor indiscutible del progreso dominicano hasta garante irreemplazable de la Constitución. Su lógica, repetimos, es la del todo o nada.
Otra pifia
Si como afirmara anoche, la percepción de que su oposición a la reforma obedece a la ambición y a la mezquindad personal y política es descabellada, Fernández perdió la oportunidad de demostrarlo de manera convincente. De enfrentar la ojeriza pública con la realidad de su presumida grandeza política.
Una vía hubiera sido descartarse públicamente y de plano como eventual candidato a ocupar la presidencia de la República por cuarta vez. El renunciamiento a competir hubiera dado carne al esperpento de su “defensa constitucional”. No lo hizo porque no le pasa por la cabeza la idea de renunciar a sus múltiples predestinaciones: desde hacedor indiscutible del progreso dominicano hasta garante irreemplazable de la Constitución. Su lógica, repetimos, es la del todo o nada.
La vía propuesta del referendo aprobatorio es la brecha que deja abierta no para Danilo Medina, sino para sí mismo: podrá el mecanismo recibir el respaldo popular, pero eso no anula la competencia interna por la candidatura --que a todas luces perseguiría convencido de que será suya— , aunque ponga la participación electoral peledeísta contra las cuerdas del tiempo.
Releer su discurso lleva a concluir que desdeña el riesgo –o incluso lo prefiere— inducido por una suerte de esquizofrenia social que lo hace pronunciar una frase diagnóstica: “Y en estos momentos, la causa que asumimos es la del respeto por nuestra Constitución, la defensa de nuestra democracia y nuestro Estado de Derecho. Lo hago porque como principal promotor o auspiciador de la actual Carta Magna, sin que nadie me haya dado mandato para ello, me siento, sin embargo, en la obligación moral de ser su guardián, su vigilante y su centinela, al igual que todo el pueblo dominicano”.
La posmodernidad de Fernández no puede reprimir al Doctor Merengue que la acucia. “Horacio o que entre el mar”.
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