Oclocracia, popularidad y liderazgo: el desafío de la democracia en la era digital.

Por: Reynaldo Aybar En las democracias contemporáneas surge una pregunta cada vez más relevante: ¿puede la popularidad sustituir la experiencia, la preparación y la capacidad necesarias para gobernar una nación? El debate ha cobrado fuerza en la República Dominicana ante las especulaciones sobre una eventual candidatura presidencial del empresario digital Santiago Matías, una figura mediática del país. Más allá de cualquier nombre en particular, el fenómeno invita a reflexionar sobre un concepto político estudiado desde la antigüedad: la oclocracia o "gobierno de la muchedumbre". El términofue acuñado por el historiador griego Polibio en el siglo II a. C. para describir la degeneración de la democracia cuando las emociones colectivas, la influencia de las masas y la demagogia desplazan la razón, el Estado de derecho y las instituciones. Según Polibio, así como la monarquía puede degenerar en tiranía y la aristocracia en oligarquía,la democracia puede transformarse en oclocracia cuando las decisiones públicas dejan de sustentarse en el interés general y pasan a depender de impulsos emocionales, popularidad instantánea o liderazgos carismáticos sin suficientes contrapesos institucionales. Más tarde, pensadores como Jean-Jacques Rousseau también advirtieron que la democracia se corrompe cuando la voluntad general es sustituida por intereses particulares o por la simple voluntad circunstancial de las mayorías. En este contexto, la influencia de Santiago Matías representa el surgimiento de una nueva forma de liderazgo: el liderazgo digital. Su capacidad para movilizar audiencias, influir en la opinión pública y dominar las plataformas de comunicación constituye un activo político indiscutible en el siglo XXI. Sin embargo, la capacidad de atraer seguidores no necesariamente equivale a la capacidad de dirigir el Estado, diseñar políticas públicas, gestionar crisis económicas o conducir las relaciones internacionales de una nación. La historia ofrece una enseñanza ilustrativa a través de la fábula de Esopo "El cuervo y el pavo real;. En ella, un cuervo intenta aparentar lo que no es al cubrirse con plumas ajenas para ganar admiración. Su fracaso demuestra una lección universal: la apariencia no puede sustituir la esencia. En política, la popularidad, el carisma o la notoriedad pública tampoco deberían sustituir la preparación, la experiencia y las competencias requeridas para gobernar. No obstante, sería un error afirmar que toda figura proveniente de los medios de comunicación o de las redes sociales carece de aptitudes para ejercer funciones públicas. La historia demuestra que líderes ajenos a la política tradicional han alcanzado el poder con resultados diversos. El verdadero desafío no radica en el origen del candidato, sino en la calidad de su proyecto político, la solidez de su equipo, su visión de Estado y su compromiso con las instituciones democráticas. Asimismo, el interés que generan figuras externas al sistema político tradicional revela una realidad que no puede ignorarse: el desgaste de los liderazgos convencionales y la creciente desconfianza ciudadana hacia los partidos políticos. Cuando una sociedad busca alternativas fuera de las estructuras tradicionales, suele expresar una demanda legítima de renovación,transparencia y representación efectiva. Por ello, la discusión no debería centrarse en quién tiene derecho a aspirar a la Presidencia, sino en los criterios que utiliza la ciudadanía para evaluar a sus aspirantes. Una democracia sólida exige que los candidatos sean valorados por sus propuestas, su capacidad de gestión, su visión de futuro y su respeto por el orden institucional, no únicamente por su capacidad de generar atención mediática. La democracia se fortalece cuando los ciudadanos saben distinguir entre entretenimiento, el circo y gestión pública, entre influencia digital y liderazgo institucional, entre notoriedad e idoneidad. Cuando esa diferencia desaparece, la política corre el riesgo de convertirse en un espectáculo donde la emoción sustituye al juicio crítico y donde la popularidad se confunde con capacidad de gobierno. El desafío para la sociedad dominicana consiste en evitar que la política se reduzca a un concurso de popularidad y garantizar que todo aspirante, sea político profesional, empresario, comunicador o celebridad digital, sea evaluado por la solidez de sus ideas, la viabilidad de sus propuestas y su preparación para conducir el destino de la nación. Solo así la democracia podrá preservar su esencia y evitar que la voluntad popular derive en aquello que los clásicos consideraban una de sus mayores amenazas: la oclocracia.

Publicar un comentario

0 Comentarios